jueves, 22 de noviembre de 2012

John Sampson Wlliams / José Luois Cestari



22 de noviembre de 2012 a la(s) 11:22 ·

Hay un límite natural entre lo cognoscible y lo ignorado. Yo tengo el privilegio de haber conocido a un ser humano especial. Me refiero a John Sampson Williams. Mi amistad con John se remonta a los comienzos del setenta, cuando acostumbraba ir a la discoteca “L´Enfer” (“El Infierno”), después que salía de visitar a Rosiris Viña, mi novia de entonces, hoy mi esposa. Hasta las diez era la visita en la quinta Santa Rita del Paseo Heres. Después de esa hora, y ya montado en el carro buick sedan de mi madre que siempre manejaba, casi como autómata enfilaba sus ruedas a dos cuadras y media…segundo destino de esa noche y de la mayoría de mis noches…allí llegaba a la más famosa discoteca de la ciudad, la pionera. Amigo del portero, subía las escaleras pasando por aquél tubo ascendente de paredes rojas…abría la puerta…música y luces, bullicio, alegría…como con gríngolas pasaba entre esas tentaciones de falda corta, torcía los zapatos hacia la izquierda y le llegaba al poeta Sampson, siempre sentado en el mismo taburete, pegado a la barra…-“Te esperaba…ya creía que no venías…me dije: un ratico más lo espero, antes de decidir irme”. –“No, John, es que me entretuve un poco allá abajo porque me encontré con Salvador Mares y me estaba hablando de un asunto”. Palabras más, palabras menos, así arrancaba la sesión de estudio…yo estudiaba allí Poesía con John Sampson…por encima del tun tun y la estridencia del sonido discotequero, haciendo caso omiso a la luz negra y a la estroboscópica, poniendo a un lado el saludo cariñoso de los panas que pasaban saludándonos, García Lorca o Antonio Machado se ponían sobre la mesa, entre tragos de buen whiskey a Bs.5,00. Es decir, “La Casa de Bernarda Alba” y “Retrato” tenían que ver mucho más con todo lo de esa noche de turno…es decir, “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero” valía mucho más que cualquier madrugada a la 1am en que me despidiese hasta la próxima noche, con mi profesor y amigo John Sampson. Y siempre, rumbo a mi casa a dormir, me preguntaba por qué nadie antes me había enseñado poesía, y por qué John había venido a ser como una especie de farol en la niebla, permisando a mis ojos para ver el mundo como lo ven los poetas, ergo, los guerreros de la letras despiertas.

Quien estudia poesía bajo la hiedra, que es casi como decir “socráticamente” –como me tocó hacerlo con John- termina dándole la razón a los pájaros, al viento tenor o soprano y al río insomne, que canta incesantemente. Todo es canto. Todo canta. Y los poetas apuramos el trago del instante para pasar al siguiente, atreviéndonos entonces a decir: “procaz Latinoamérica que se levanta sobre las migajas”(J.L. Cestari, “Antepenas y Silencios”), frente a un John ácido que grita: “no olvides querido que al demonio le sobran razones para ser feliz”. Con John aprendí a solfear sin pentagrama y a dormir sin sueño. Por eso, despierto y desafinado, hago mis intentos por entender como “asume la mañana mi defensa, bebo de la mañana su letra vieja (J. Sampson, “Los Habitantes del Agua”). “Tierra que escarban mujeres reclamando reformas en la orfandad de los pavimentos”(de J. Sampson, “Tierra”).

“Dudo del valle donde no han llovido y la conjura tiene su pasto” (J. Sampson, “Traidor de los Aplausos”, a Rosiris y José Luis Cestari, a Glenis y Víctor Medina). Uno de mis poemarios, “Los Diptongos del Padrenuestro”, fue asesorado absolutamente por nuestro poeta y hermano John Sampson, durante muchas tardes en el restaurant “El Faro”, Ciudad Bolívar. Pasados todos estos años, asumí que existen sólo dos personajes a quienes el silencio los arropa cada día más: el poeta y el psiquiatra. Porque no hay nada qué decir. Y tampoco hay tanto qué escribir. Lo hacemos, pero nos reina la síntesis con ahorro de huerto. Sólo las rosas y los olores necesarios.

A John Sampson lo he querido como se quiere a un hermano mayor, a un Maestro. A su lado viajé por cielos de otros colores, visité países ignotos y extraños, me sumergí con Jonás y su barca y salí a flote frente a la nave de Jasón y el Vellocino de Oro. Jugué con las ninfas y los nenúfares, y bailé con ellas al ritmo de los versos de Aquiles Nazoa. Pacté con Andrés Eloy Blanco mi renuncia a tantas cosas irrenunciables. Sumergí mis manos en el crisol de Nostradamus para adormecer a Felipe el Hermoso y así poder jugar con mi madre en sus jardines. Volé libre hacia las cartas de Neruda, raudo, antes que despertaran las abejas. Conocí a Fausto a través de Goethe, bajo las notas wagnerianas, y le ayudé a llorar a su amada Margarita. Pero, lo más importante: aprendí a ser poeta…que es ser nada, o todo, sin que ello importe.

Su prólogo de de mi libro “Tiempo de guijarros” lo conservo cual joya de la Corona de la Madre de Dios. Innecesario ascenso conceptual hizo su amabilísima amistad conmigo, que no olvido. Lo guardo para cierta carpeta que reverbera mi espacio-tiempo, en la que grito de alegría, sin sonido alguno.

Hace tiempo que no visito a John. Hace tiempo que no me juego cuatro versos con él detrás del vino de los rencuentros. Hace tiempo que no escribo versos que me sean útiles. Porque en esta Venezuela de papier maché, de truhanes mojigatos y de tiranuelos de hojalata, lo único que vale es encender la luz y cerrar las puertas. Pero él sabe que lo sigo y preservo, por encima de lo humano que divide y lo divino que trasciende. El sabe que conservo la amable densidad de su amistad como el pan de cada día, “Por eso es violeta el matiz que el verde llora” (J.L. Cestari, “Los Diptongos del Padrenuestro”).

El día llegará que sabremos todo, y los poetas no seremos necesarios. Pero mientras no sepamos qué hacer para desaparecer el llanto del mundo, seguirá mi alma asistiendo a la gótica cita en la atmósfera de cualquier sitio decente para encontrarme con John Sampson, y pueda que aceptemos un verso más, mas nunca una copa menos.

Gracias, John…por tantas cosas!











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