martes, 12 de enero de 2010

EL ESCRITOR CIENTÍFICO / Horacio Cabrera Sifontes




La literatura como arte, es el oficio del que quiere escribir sobre cosas que no conoce. De tal esfuerzo nacen no solamente malabarismos retóricos y expresiones poéticas de gran resonancia, sino los aspectos frívolos de la escritura en los cuales se destacan príncipes del buen decir, de supremo estilo, pero todo, científicamente hablando, es perder el tiempo "buscando el tiempo perdido". Hay una au¬diencia que se conforma con la parte sonora más que con el fondo problemático de las cosas. Esa literatura es el arte de hablar mucho sin decir nada o sea "Mucho ruido y pocas nueces".



El escritor científico se apersona de una responsabilidad social buscando el rumbo de una sensata perfección. Analiza algo edificante, razonando de causa a efecto. Apuntando siempre y dando su aporte al progreso de la sociedad. Asume la audacia necesaria para arrastrar el conservatismo anquilosado y enfermizo que pretende estancar la sociedad y que agudiza las crisis. Ya que siempre hay quien le tema a una nueva síntesis del proceso evolutivo.
Aunque parezca paradójico, lo más difícil para el escritor es encontrar la forma adecuada para revolucionar los conceptos arcaicos que retardan el avance social. El escritor responsable debe arriesgarse a arrastrar todas las incómodas y estorbosas contradicciones que se oponen a darle paso al devenir.
No se es escritor al poetizar el dolor, ni al lanzar las marañas incomprensibles de sus más íntimos fracasos. La lucha no es de quejas ni condolencias. El escritor es elemento revolucionario que sondea solu¬ciones al complejo problema de la desigualdad social, al daño que nos hacen los conceptos macarrónicos de lo absoluto, contra lo cual viene el desafío filosófico de Kant desde el siglo XVIII.
Hay personas que celan apasionadamente sus sagrados temores que, en la forma ilusa de esperan¬zas místicas de origen legendario, le han dado aliento' aparente a sus vidas en pusilánimes pulsaciones sicológicas y fantasmagóricas.
Ninguna innovación ha sido nunca aceptada por la sociedad reaccionaria hasta que domina el mercado y se hace imposible desconocerla. A principios de siglo, la literatura buscaba el realismo crudo con algún sentido del humor que era la forma de ridiculizar los conceptos mohosos acatados por elorden social de una época en decadencia. De alli los punzantes epigramas, las caricaturas grotescas. De allí el símbolismo francés de los parnasianos que respetaban los aspectos éticos y artísticos. Por otro lado hacía irrupción la filosofía positivista de Taine basada en la función humanitaria del arte. Resurgía en todas las manifestaciones literarias la posición de Diderot ante la vida pre-revolucionaria de la Enciclo¬pedia. Se invocaba a Rabelais con su hiriente sátira de Gargantúa y Pantagruel buscando a liberar a la Edad Media de las supersticiones que la saturaban. El proceso dinámico del arte trajo los ensayos renovadores del Expresionismo, del Surrealismo positivista. La guerra cambió las tendencias y se dio más importancia a la vida humana. Resurgieron los aspectos bucólicos y pastoriles en la apreciación artística, como quien sugiere un regreso al pasado armónico, pacífico, musical, en que el ánimo podría recrearse, lejos de los afanes de las conflagraciones suicidas.
La literatura de los conservadores tendió a resaltar las figuras bíblicas y el arte sigue sus pasos santurrones con sus amenazas supra-terrestres.
Aparecen las proposiciones modernas del Rea¬lismo en etapas intermitentes y tambaleantes bus¬cando estabilidad, ante la evolución de la moda y especialmente de la economía que viene a ser el fundamento motor del proceso.
En la Venezuela petrolera y ferrífera están dadas las condiciones para que aparezca una obra de fin de siglo sacando a remate los prejuicios. Una especie de "La Rebelión de los Ángeles" o "La Isla de los Pingüinos" de Ana tole France. Cuando leí la gran obra de Uslar Pietri merecida mente premiada, titulada "Una Visita en el Tiempo", al principio me pareció que era la obra que reclama el momento, así como salió El Decamerón en época crítica; así como "El Nombre de la Rosa" de Umberto Eco y aún como "Fuegos Bajo el Agua" de nuestro querido gran investigador Isaac. Pardo. El Doctor Uslar se va al fondo del sentimiento humano asqueando los sistemas de los "Autos de Fe" conque la aristocracia "religiosa" quería acallar a los estudiosos, eliminándolos por medio del terror. La presencia del gran muchacho que llega a ser Juan de Austria, ante los empalamientos y la pira, soporta un impacto asombroso, que contradice toda
idea de justicia. Pero, el autor, dominado por la verdad histórica, se sustrae a la fuerza revolucionaria conque se inicia.
El Decamerón fue un libro explosivo en el oxidado orden sacerdotal que contrabandeaba su lascivia dentro de una socarrona santidad. El tiempo es el juez infalible. Hoy se niega con poderosas razones que Boccacio quien fue asistido en su vida literaria por Petrarca, haya sido un burlista obsceno o un cínico sexual. La ocurrencia trágica de sus mujeres, la vivencia libidinosa de sus presbíteros, originó una irregularidad que sólo los embates de un escritor atrevido nivelaría como moral de la época. La vigencia acusadora de la obra se muestra hoy hasta simplista en su permanencia en el tiempo.
Ya estamos haciendo crisis en este País que fue sembrado por la Inquisición. Hay que sacrificar en el altar de la ciencia la moral rancia de los conceptos absolutos. Es absurdo que quien vive o viaja en un medio que se desplaza y se transforma sin solución de continuidad, se empeñe en mantener estático o inamovible cualquier engranaje del sistema.
La rebelión de la poesía, la filosofía, la escultura y la literatura, busca deslastrarse de las viejas reglas que han querido Mantenerse en metros rígidos, donde hay que sacrificar la idea a viejos conceptos pre¬establecidos.
Ese mismo proceso revolucionario se está gestando en la mente humana y es más exigente entre nosotros que todavía sufrimos los rigores criminales de la Inquisición y del parapeto fatídico y burlista del confesionario.
El escritor que teme al cambio en la mecánica de pensar que hoy impone la ciencia como método inductivo, quedará arrinconado por la inercia, pues la transformación permanente es la ley atómica ya consagrada en el Mundo.
El escritor debe penetrar con franqueza, sin medias tintas, al campo del luchador y así la literatura entra a ser de provecho social y la fama del autor, aunque tardíamente como en todos tos éxitos, tendrá reconocimiento al paso inexorable del tiempo y de la evolución.










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