sábado, 9 de enero de 2010

IRIS ARISTEGUIETA / Cuando me atreví


Un día del año mil novecientos cincuenta me atreví a escribir versos, hoy diría, a versificar una prosa experi¬mentando la sensación que, a estas horas, no podría des¬cribir. Vivía en una ciudad silenciosa, bucólica, familiar y hogareña. Todos nos conocíamos y había una como carrera contra los relojes para contribuir a elevar la cultura que de verdad se respiraba en Angostura. Para esas fechas del año mil novecientos cincuenta, el Río Orinoco nos deleitaba todas las mañanas con su eterno murmullo de enamorado fiel y en sus "puestas del sol", con sus cantos de majestad, de generosidad y entrega. La Piedra del Medio parecía más alta y más cercana que hoy. Los chaparros y merecures de sus orillas, extendían sus escuálidas ramas porque querían unirse a nosotros en el canto al Río que, ya desde siempre, aprendimos a calificar como el Río de las siete estrellas. Y soñábamos con Puentes modernos para atravesarlo; no queríamos aquellas chalanas, cascarones que sólo nos aseguraban un buen rato de conversación, amena y novedosa, con los extraños que cruzaban el Río en busca de aventuras comerciales y amorosas.


Cuando me atreví a escribir, me pareció que estaba extrayendo del fondo del Orinoco y de mí misma, todos los tesoros multiseculares escondidos por el mismo Dios cuando regaló la vida.

Pasaron los años; cultivamos una cultura que se consideraba exclusiva de Angostura, aprendimos teatro que, con generosos esfuerzos, presentábamos allá arriba, donde hoy está el Palacio Legislativo. Leíamos entonces a Sófocles y Esquilo, a Platón o a Albert Camus, nos reuníamos en grupos amigables para auscultar en los "Miserables" de Víctor Hugo, declamábamos la poesía de "Mi Padre el Inmigrante" y nuestra propia poesía; discutimos sobre el contenido de "Venezuela Heroica", analizando con serie¬dad de "peña literaria" cuanto podía de alguna manera aumentar nuestros conocimientos y nuestra auto formación.

Llegó el momento en que me sentí dueña absoluta de mis propias ideas, de mis sentimientos, escuché las primeras llamadas del amor abriendo las puertas del co¬razón lleno de ilusiones, respetando mi propia personali¬dad, mil veces los consejos de mis familiares del universo pequeño, pero seleccionado, que nos rodeaba. No pocas veces, me atrevía desoír lo que en mi entorno se decía. Y sin más, Iris Elena se decidió a escribir. Y a escribir poesía. Cuando por primera vez leí a Teresa de la Parra, descubrí la finura de un espíritu femenino, el temblor de una belleza que se apagaba lentamente y pensé que era irreemplazable. Ifigenia me subyugó arrastrándome a un encuentro con¬migo misma. De otra parte, diría yo quede la parte opuesta, descubrí que en Manuelita Sáenz, la sensualidad y la voluptuosidad se convierten en instinto artístico.

Y arranqué con decisión y optimismo, con entusias¬mo, con la seguridad que me daba mi propia personalidad, mi formación exclusivamente personal. De mi primer libro: "Lámparas en vigilia", extraigo estos versos: "Deja que el Orinoco se filtre por mis miembros aterrados que no hay tiempo para las ansias -ni sitio para este anhelo que está removiendo el hoy- que me destroza y fecunda -En el paisaje a creyón -te amamantaran mis sueños- mientras yo en la realidad -acaricio y me cuento arrugas".

Hoy puedo recordar de mi segundo libro "Portal Apocalíptico" los siguientes versos: "Voy cabalgando polvos -que extienden y ensucian tierras sin franjas". Y de mi tercer libro, recientemente editado: "Ventana al Sol": Voy a sembrar los caminos de panes y voy a orar de rodillas, con un padre nuestro del cielo., hasta doblar mi espalda cansada a la orilla del río y doblarme más hasta sembrarme para que Dios sienta piedad de este mi pobre pueblo".

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